viernes, 7 de agosto de 2009

¡Viva María!


Que nieve,
que nieve,
la Virgen de las Nieves,
que cubra con su manto
los campos y los tejados.
Valdeavero de blanco
en diciembre para su lucimiento,
del Belén viviente representado
su más puro sentimiento.
Que llueva,
que llueva,
la Virgen de la Cueva,
que empape la siembra
y el arroyo se crezca.
Valdeavero en primavera
navegando sobre olas
de trigos y cebadas,
corales de aulagas,
arrecifes de amapolas.

Que ventee,
que ventee,
la Virgen de los Reyes,
que oree los olivos
y sus ramas desperece.
Valdeavero, veleta del este,
campanadas de dulce tañido,
de automóviles rumores,
silbido de reactores.
Que truene,
que truene,
la Virgen de la Fuente,
que encoja el eléctrico firmamento
y tiemblen las liebres del barbecho.
Valdeavero relampageante,
recortado y fugaz por un instante
cuando el rayo se descerraja
y se clava en el surco del alma.
Que nuble,
que nuble,
la Virgen de Guadalupe,
que el sol se oculte
cubierto de nubes.
Valdeavero de gris,
entre colinas de plata
y retamas de añil,
caminito del alba.

Que granice,
que granice,
la Virgen del Quinche,
que rompa los tejados
donde anidan los más avispados.
Valdeavero cerco y asedio
de los más negados usureros,
veneno viejo de los más arteros,
vicio preferido del vecindario.


Que escarche,
que escarche,
la Virgen del Valle,
que de infinitos cristales
los juncos del prado se entallen.
Valdeavero aterido,
de susurros zaherido
por el aliento envilecido
de algún desalmado vecino.

Que hiele,
que hiele,
la Virgen de la Sierpe,
que del pilón el agua
en espejo se quede.
Valdeavero, sueños congelados
por quienes hicieron nevero
del rencor maliciado
su más frío consejero.
Que abrase,
que abrase,
la Virgen del Carmen,
que funda la miel dorada
de las más dulces flores livada.
Valdeavero endulzado
y las abejitas zumbando
por los almendros de blanco
y las zarzas del campo.

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